tl;dr 5/10

El “YA ABRIMOS!” resalta debajo de un brillante letrero anunciando a “Los Clásicos”. Es una nueva sucursal o al menos parece serlo y, aunque mi experiencia previa en la de Arboledas me había dejado sin ganas de repetir, confieso que volví a caer ante las reseñas poco fiables de los maíces prietos y otros TikTok bros. Al llegar, nos topamos con una fila de cuatro o cinco mesas que, inevitablemente, eleva la expectativa. El lugar es pequeño, se siente apretado y bullicioso, con un menú extenso que intenta abarcarlo todo: tacos, órdenes de carne, hamburguesas y lonches, teniendo como supuesta insignia el trompo de sirloin. Un par de pantallas publicitaban los platillos, alimentando aún más esa idea de que esta vez podría ser diferente, pero al fondo apareció la primera señal de alerta: el trompo de pastor parecía estar completo, pero estaba apagado. Suelo ser repetitivo con este detalle pero, para quienes buscamos la certeza del fuego, ya te va contando el final de la historia.

Intenté pedir adobada, pero me llevé la sorpresa de que ya no estaba en el menú; un movimiento extraño para una apertura reciente que debería mostrar consistencia. Pedimos entonces tacos y gringa: pastor, chorizo, sirloin y tripa. Esta última llegó bien dorada, con una textura que prometía, pero con un sabor deficiente. Suena contradictorio, pero un exceso de grasa opacaba por completo a la tripa, como si hubiera pasado por varias recalentadas en la plancha antes de llegar a la mesa. El chorizo seguía una línea similar; mucha grasa, aunque en este caso el sabor sí lograba defenderse un poco mejor.

Lo irónico llegó con los trompos. A pesar de tener el acero ahí mismo y el fuego a la mano, la carne llegó servida en cubos, perdiendo ese laminado característico que define al buen oficio taquero. El pastor, si bien tenía buen sabor, carecía de esa caramelización necesaria que solo otorga el contacto directo con la llama. Pero el sirloin fue, sin duda, lo más decepcionante. Se apega totalmente a ese “sabor de sucursal” genérico y excesivamente grasoso, algo atípico para cualquier sirloin con esta preparación. Al igual que el pastor, llegó sin laminar; una falla de técnica que termina por convertir una insignia en un bocado pesado y sin alma. Al final, entre letreros brillantes y filas de espera, uno confirma esa triste regla: la técnica se regala sólo con aumentar al número de sucursales.