




tl;dr 4/10
Existe una categoría de restaurantes donde el diseño pesa más que la cocina. Son lugares cuya arquitectura está metódicamente pensada no para alimentar, sino para atraer al comensal distraído que prioriza la conveniencia sobre el paladar. De vez en cuando, ya sea por curiosidad o vencido por esa misma conveniencia, uno cae en la trampa.
Sobre López Mateos, a la altura de La Rioja, se encuentra Tacos Provi. Es un espacio servicial, cómodo y fotogénico; tres cualidades que, lamentablemente, no se comen, pero funcionan de maravilla como anzuelo.
Esta noche, ante la falta de opciones, decidí entrar. El menú es amplio en proteínas, oscilando entre cerdo y res, maíz y harina, trompo y confitado. Fiel a mi costumbre, me apegué a los fundamentales para medir el terreno: suadero, pastor y chorizo.
El pastor resultó ser, irónicamente, lo mejor de la noche, aunque ese título es engañoso. El perfil clásico del adobo es nulo; ha sido secuestrado por una invasión agresiva de chipotle. No hay complejidad, no hay notas especiadas, solo ese ahumado picante y monocromático. Pedí los tacos “con todo”, bajo la vieja premisa de que el taquero sabe lo que hace, pero ni la salsa ni la verdura lograron equilibrar la saturación del chipotle. Fue lo “mejor”, y eso dice mucho.
El suadero fue una decepción técnica. Llegó seco y sufriendo una crisis de identidad: sus notas recordaban sospechosamente a carnitas, sugiriendo que probablemente comparten el medio de cocción con el cerdo. En cualquier caso, un bocado plano. Del chorizo, mejor ni hablar; su irrelevancia en el plato fue total.
Tacos Provi tiene muy claro su objetivo. Apunta a un demográfico cuya prioridad es la convivencia, la estética y la pronta atención, dejando el sabor en un lejano segundo plano. No es ofensivo, no es “malo” per se, simplemente es estéril. Un lugar que cumple con la estética, pero falla al paladar.

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