tl;dr 3.5/10

He adquirido una obsesión casi clínica con el pastor. No solo lo pido cuando está disponible, sino que activamente estoy en busca de nuevos lugares, escaneo cada fachada buscando un trompo, buen color y llama encendida. Para mí, son indicios visuales que deberían garantizar una técnica correcta. Lamentablemente, he aprendido a la mala que la estética no siempre es garantía de sabor.

Hacia el noroeste, donde una calle arbolada se extiende hacia la expansión urbana, un cúmulo de autos delata la ubicación de Taquería Jesús María. Es una cochera adaptada que intenta sobresalir entre la oscuridad residencial a fuerza de focos brillantes y la promesa visual de ese trompo girando en la entrada.

Aunque el lugar es más profundo de lo que aparenta, la hora y los pendientes dictaron pedir para llevar. Nos fuimos por lo tradicional: pastor, suadero y bistec.

El resultado fue irse a la cama con decepción. Aquí comprobé que tener el fuego y la carne apilada no basta si falta el oficio. Nos encontramos con tacos de poco sabor y mucha grasa; pero no de esa grasa noble que abraza y unifica los ingredientes, sino de un aceite pesado, invasivo, que parecía estar ahí solo para humectar artificialmente una carne carente de jugosidad propia.

Tanto el bistec como el pastor sufrían del mismo mal: perfiles indistinguibles luchando por sobrevivir en un mar de aceite. Taquería Jesús María sirve como un duro recordatorio: se puede imitar la técnica visualmente, se puede montar el escenario, pero si falta el fondo, el taco no trasciende.