tl;dr 4/10

En la gastronomía callejera existe un mito persistente: “si hay fila, está bueno”. Si bien la estadística a veces acierta, a menudo es una trampa, una mentira reconfortante en la que es fácil caer. Tacos El Junior es la prueba viviente de esta falacia.

Ubicados al sur de López Mateos, reutilizando locales en esa tierra de nadie entre baldíos y fraccionamientos privados, son imposibles de ignorar. No por su estética, sino por el caos que generan: un pedazo de terracería convertido en estacionamiento improvisado y autos en doble fila que estrangulan la ya saturada circulación de la zona. Todo ese bullicio crea una promesa visual de calidad.

El menú es la fórmula ganadora en papel: asada al carbón, tortillas recién hechas y variedad en salsas. La realidad en el plato, sin embargo, es otra historia.

El servicio es rápido y la atención amable, puntos que se agradecen pero que no se comen. El sabor es, sencillamente, inexistente. Lo que prometía ser el aliado principal, la tortilla recién hecha, resultó ser el villano de la noche: una masa mal trabajada con un agresivo sabor a cal que dejaba un gusto ácido en el paladar, opacando por completo a una carne que ya venía seca y sin alma.

Es una popularidad desconcertante. Quizá sea producto de la ubicación estratégica o simplemente una cámara de eco alimentada por su propio ruido. Mucha gente, mucho tráfico, pero en el plato… absolutamente nada.