


tl;dr 3/10
Los hoteles All-Inclusive, al igual que los aeropuertos, existen en una dimensión paralela. Son limbos donde las reglas sociales se suspenden y donde es perfectamente aceptable desayunar una hamburguesa con un shot de tequila a las 7 AM. Esa libertad, sin embargo, tiene un costo: la suspensión de nuestros estándares. Así como aceptamos el sobreprecio en la terminal, solemos perdonar la mediocridad en el buffet como parte del contrato.
Bajo esa premisa, bajé la guardia ante un letrero que prometía “Jueves de Tacos” junto a la alberca. La escena era idílica: mar, camastro y bebida en mano. La ilusión duró lo que tardé en acercarme a la barra.
Lo que encontré fue un insulto a la técnica. Aunque el taco es comida de masas por excelencia, aquí lo industrializaron hasta despojarlo de su alma. Las tortillas, de calidad cuestionable, salían directas de una hielera, rígidas y apresuradamente calentadas. Pero el verdadero crimen estaba en la cocción: un solo disco donde convivían res, pollo y un puerco que tenían la audacia de llamar “pastor”. Tres proteínas con tiempos y necesidades distintas, mezcladas sin identidad en un batidillo gris que ignoraba cualquier principio básico de cocina.
Pedí solo dos, res y pastor, por compromiso. Me los sirvieron con esa generosidad sospechosa que intenta compensar con volumen la ausencia total de calidad. Para rematar, la barra de acompañamientos parecía un carrito de frutas llevado a una estética playera, donde las salsas y limones descansaban sobre hielo, muy bonito pero peligrosamente cerca de mariscos crudos; una configuración que invitaba más a la cautela que al antojo.
Al final, obtuve lo que el contrato del All-Inclusive prometía: excelente servicio, una vista envidiable y un descanso total. Pero en el plato, solo encontré un bocadillo genérico diseñado para paladares anglosajones, donde la palabra “taco” es solo una etiqueta turística y no una tradición.

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